Miguel Endrino: relaciones
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martes, 25 de febrero de 2014

Cariño...Tenemos que hablar

Primera parte: La pareja y el conflicto

¿Quién no ha escuchado esa frase y se ha puesto a temblar? Yo sí, y la he escuchado o dicho, cuando en mi relación de pareja algo ha estado yendo mal durante un tiempo y uno de los dos ha puesto de manifiesto su incomodidad o cansancio con una situación. Unas veces (la mayoría) el tema a tratar serán las cuestiones relacionadas con los ajustes normales en toda relación cosas tan sencillas como renegociar quién lava la ropa o saca el perro a pasear. Otras veces los temas a tratar serán más importantes y pueden estar incluidas desde la educación de los hijos a la gestión económica y, por último nos encontramos ante aquellas situaciones en las que se ha llegado a un punto tal que la relación ya está seriamente dañada o uno de los integrantes ya no puede más.
Todos  tenemos una necesidad de pertenencia, de establecer vínculos, de sentirnos parte de algo que nos aporte seguridad, reconocimiento y cariño. En la mayoría de casos, en nuestra sociedad, la pareja es ese vínculo, esa relación. La pareja, desde mi punto de vista, es el vínculo entre dos personas que deciden tener un proyecto común en el tiempo en el que hay cabida para la amistad, el compromiso y el sexo. El contenido y la forma de ese vínculo es lo que nos toca definir a cada uno de nosotros.

Es decir; no hay una manera de entender la pareja, sino que cada pareja decide cómo quiere que sea su proyecto: cuánto tiempo quieren estar juntos, de qué manera y cuántas veces se van a ver, objetivos de la relación, compromisos de uno y otro, límites, motivos de ruptura, maneras de relacionarse con las familias de ambos, si van a tener descendencia…. Y así podíamos estirar la lista hasta casi el infinito.

Generalmente este listado es un “contrato” no explicitado en muchos de sus aspectos. Lo que nos lleva a que cada miembro de la pareja tenga una idea de cómo debe ser ésta; idea que en algunos casos no se ha contrastado con la otra persona. Quizás, para algunas personas, especificar tanto sea visto como algo “poco romántico” (el/ella debería hacer esto/saber esto si me quiere) pero en la pareja considero que es importantísimo separar los ideales, lo que nos gustaría con lo que en realidad tenemos y la pareja nos proporciona. De esta manera evitaríamos más de un mal entendido y esto nos aportará más tranquilidad o en su caso mayor claridad sobre los límites y condiciones de la relación

La relación de pareja cambia y pasa por diferentes momentos y etapas. No es lo mismo la problemática que podemos encontrar en una pareja que se acaba de formar y que está empezando a sentar las bases de cómo va a ser su relación que la que encontraremos en unos recién casados, en una pareja que ha tenido hijos, en una que no los puede tener, en otra que los hijos marchan de casa o en una que sus miembros llegan a la jubilación o la que llega a la vejez.

transSex11En muchos los momentos de la relación surge el conflicto, continuamente se tienen que dar ajustes en la pareja y cada vez que se tiene que hacer un ajuste puede aparecer un conflicto. Un conflicto no es más que una problemática que surge en este caso de dos opiniones o posturas diferentes y en apariencia muy distantes. El conflicto no es más que una expresión de la relación y en sí no es ningún problema. El problema es la manera de enfrentar y resolver los conflictos: ¿se negocia y se llega a acuerdos?, ¿el conflicto provoca enfrentamiento en la pareja y tiene que haber un vencedor y un perdedor?, ¿se arrinconan  los conflictos y se espera que se resuelvan solos?, ¿culpamos al otro?

En la mayoría de casos, cuando una pareja toma la decisión de acudir a terapia de pareja no es por un asesoramiento sobre cómo gestionar algún problema puntual de la vida cotidiana sino por que ve peligrar seriamente el futuro de la relación.
Distancia
Estos son algunos de los conflictos, que mal gestionados suelen llevar a que la pareja se desestabilice y entre en crisis: dificultades económicas, infidelidades, desacuerdos en la educación de los hijos, intromisión en la pareja de la familia/s, rutina, mentiras, celos, implicación en las tareas de casa, peleas, el fin de un proyecto en común, la diferente evolución de los cónyuges a lo largo de los años, emancipación de los hijos, expectativas demasiado altas sobre el otro, enfermedades, jubilación….

Y así es como llega la pareja a la sesión: con una sensación de que hay un problema grave que no son capaces de resolver. La terapia intenta que las parejas encuentren soluciones a sus problemas  dentro de su particular manera de funcionar, de ninguna manera imponiendo la visión o los prejuicios del terapeuta. Como he dicho antes son ellos los que definen su modelo de pareja.

Hasta aquí la primera parte de este post. La semana que viene continuaremos con el trabajo terapéutico que se realiza en en estos casos.

lunes, 25 de febrero de 2013

Sobre la vulnerabilidad


Vulnerable. (Del lat. vulnerabĭlis).
  1. 1.      adj. Que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente.
Y llega el día en que en una sesión de terapia surge el tema de la vulnerabilidad y cómo nos relacionamos con ella, qué nos despierta, qué significado adquiere para nosotros.

En muchos casos (y casi siempre por parte del sector masculino) la respuesta es una cara de susto o disgusto. E inmediatamente contestamos que nos parece, como poco, desagradable, que nos asusta, que nos disgusta tenerla aunque sea inevitable o, en algunos casos, que no tenemos de eso.

Vulnerabilidad  nos suena a debilidad, fragilidad. Es un estado que inmediatamente nos contacta con el miedo; sobre todo a los que poseemos caracteres controladores u orientados a la acción.

En nuestra sociedad estamos educados en la protección de nuestra individualidad. El mundo es agresivo y hostil, así pues abrirnos emocionalmente a los otros nos enfrenta a la posibilidad de que nos hagan daño y de movernos en un espacio incómodo donde no podemos controlar lo que ocurrirá.

La posibilidad de reconocer qué circunstancias o situaciones nos hacen vulnerables  también nos enfrenta a la idea de fracaso en los que vamos (me incluyo) por la vida de “Juan Palomo”; los de “yo puedo con todo”. En este caso aceptar que somos vulnerables nos enfrenta a que “quizás” necesitemos ayuda de los demás, que no somos tan independientes como nos creemos, tan fuertes o invulnerables como nos gustaría ser.


Es por eso que nos desagrada tanto y es por eso que el contacto y la aceptación de la vulnerabilidad requiere cierta dosis de coraje y voluntad; ya que atenta sobre todo contra nuestra autoimagen, contra lo que “deberíamos ser”. Cada uno de nosotros tiene una imagen bastante clara de lo que “debería ser”. Debemos ser fuertes, autónomos, seguros, independientes, eficaces, inteligentes, serviciales, amables, buenos, capaces, divertidos o confiables a toda costa, siempre y en todo momento. La vulnerabilidad también nos conecta con la posibilidad de que no siempre podemos ser así, que hay momentos de cansancio, de desfallecimiento, de necesitar que nos cuiden.

En resumen; la vulnerabilidad nos enfrenta al miedo a que nos hagan daño, al fracaso y a la posibilidad de que no somos “tan…” como nos creíamos. Pero también nos pone en contacto con la vergüenza y la culpa. Nos sentimos avergonzados por hacer o sentir algo que no “deberíamos” hacer o sentir: “los hombres no lloran”, “qué pensarán si ven que no puedo”, “no está bien sentir tristeza”, “sentir esto que estoy sintiendo no está bien”, “no debería necesitar ayuda”…

Así que es necesaria cierta dosis de valentía y perseverancia para contactar con esa parte tan necesaria. ¿Necesaria para que? Si hasta ahora todo lo escrito parece negativo y doloroso. Básicamente es necesaria porque nos hace darnos cuenta de lo que nos daña y nos pone en contacto con qué es lo que necesito, qué es lo que me hace bien.

El hecho de poder cambiar una situación que nos está haciendo daño conlleva primero aceptar que nos pueden hacer daño para después identificar qué es lo que nos hace daño y desde aquí poder establecer un límite para poder decir que no a una petición, a una situación, a una agresión. Si nos consideramos invulnerables, si no contactamos con nuestros propios límites, con lo que nos hace daño no calibramos el impacto que las interacciones con los demás tienen en nosotros. Es posible que estemos siendo dañados y no nos demos cuenta, es posible que nos dejemos invadir por el otro y nos sintamos molestos por no saber decir que no y no lleguemos a saber qué nos molesta o nos invade. . Nos ayuda a identificar qué nos daña. Si identificamos qué nos daña, por elinación también sabemos que nos hace bien y también nos da la posibilidad de establecer límites de lo que no queremos o nos daña.

Por lo tanto la vulnerabilidad va unida a la autenticidad, a la posibilidad de que establezcamos relaciones más reales, menos teñidas por el miedo. Nos hace más cercanos y accesibles, más humanos. Nos da la posibilidad de experimentar nuevas maneras de relacionarnos, confiando y abriéndonos a los demás. Puede que así incluso nos llevemos la sorpresa de que puede que nos acojan y acompañen. En el peor de los casos, nos daremos cuenta de que somos capaces de sostenernos en el dolor y la tristeza.

Poder mostrarse vulnerable puede ser muy liberador, ya que nos permite soltar nuestras corazas y defensas, que tan pesadas y agotadoras resultan.

A partir de aquí, cuando vemos lo que hay, cuando vemos lo que somos y cómo somos se abre el camino incierto de aceptar cómo somos. De querernos tal y como somos, de sentirnos dignos de ser así. De atrevernos a mostrarnos a los otros tal y como somos; cada vez con menos máscaras; intentando manipular cada vez menos. Confiando en que seremos queridos y aceptados y asumiendo que podemos ser rechazados o no gustar o no ser queridos…. Sin que por ello dejemos de ser dignos de ser quien somos.

miércoles, 11 de abril de 2012

Soltando presión

Un gran porcentaje de las enfermedades que padecemos tiene que ver con el estrés. Este estrés del que tanto se habla no es más que la forma de responder a las agresiones de nuestro sistema nervioso, más exactamente del sistema nervioso autónomo, encargado de las funciones no conscientes (tasa cardiaca, dilatación pulmonar, digestion, contracción arterial…)

El sistema nervioso autónomo se divide funcionalmente en sistema simpático y sistema parasimpático. El simpático prepara el cuerpo para actividades que requieren gasto de energía. Es el que se activa en situaciones de estrés. Originalmente va unido a la situaciones más básicas de supervivencia: defensa, ataque, huída y por lo tanto muy unido a las situaciones que producen estrés. El sistema parasimpático por el contrario reduce la activación provocada por el simpático y está relacionado con la acumulación de energía, la recuperación y la regeneración del organismo. Ambos son antagónicos, es decir, no pueden activarse a la vez. Si uno está activado, el otro forzosamente estará desactivado.

En otra época, hace unos pocos miles de años (puede parecer mucho, pero recordemos que los homínidos llevan millones de años en la tierra) la alternancia de estos dos sistemas era perfecta para la supervivencia: aparición del peligro – activación del sistema simpático – ataque/huida – desaparición del peligro – descanso – activación del parasimpático. En la época actual, en la sociedad occidental en la que estamos, los peligros no suelen provenir de animales salvajes o del ataque de una tribu vecina. Hay pocos peligros que realmente pongan en peligro nuestra supervivencia. Los peligros han cambiado de forma y ya no atentan contra nuestra supervivencia pero el estrés que generan las situaciones es continuo y generan una que vivamos en una excitación constante, en un estado de estrés crónico. El estrés ahora no lo provocan los animales salvajes, estamos tan socializados que el peligro aparece casi siempre en nuestras relaciones diarias. Relaciones con los otros y con nosotros mismos.

Horarios apretados, discusiones laborales, trabajos que nos disgustan, poco tiempo para las relaciones sociales y un enorme número de situaciones más que nos suceden en la vida diaria hacen que estemos en un constante estado de estrés. Un estrés del que no nos podemos deshacer con facilidad debido a que los mecanismos para hacer que desaparezca ya no son factibles. La agresión física o el salir corriendo no son maneras de actuar aceptadas en nuestra en nuestra sociedad. Ni tan solo la expresión de cualquier tipo de agresividad está bien visto; con lo cual nos reprimimos la rabia y acumulamos más y más estrés.

Esta situación a la larga produce un debilitamiento de nuestro sistema y produce la aparición de un gran número de enfermedades ya que sometemos a nuestro cuerpo a una enorme tensión y se reduce mucho el tiempo y la capacidad para recuperarnos.

Para poder hacer frente a estas situaciones de desgaste continuo tenemos algunas opciones. La primera, más importante y más costosa consiste en la revisión de nuestra manera de relacionarnos ya que, como he comentado antes, todo el estrés que acumulamos se produce en situaciones de relación. Revisar qué me altera, que me enfada del otro, cómo llevo mi vida personal o familiar, cómo reacciono el trabajo, si estoy a gusto con lo que hago…. Mil y una cosas que nos llevarán a buen seguro tiempo y dedicación.

Por otra parte también podemos ayudar a reducir nuestro nivel de estrés para poder continuar con nuestro día a día con más comodidad. Tenemos que buscar válvulas que nos permitan soltar algo de nuestra agresividad, poder expresar nuestra rabia. Algo tan sencillo como golpear un cojín (a ser posible pensando en la persona con la que estemos enfadados, ya sea el jefe, el vecino, la madre o la pareja) nos descargará momentáneamente de agresividad y nos ayudará a retomar la relación con esa persona de manera más relajada, ya que el exceso de agresividad no bloqueará o deformará lo que queramos expresar.

Cualquier truco que utilicemos es válido: gritar en el coche, golpear objetos con un palo, pegar a cojines o un colchón, patalear… cualquier acción que nos permita expresar nuestra agresividad en un entorno controlado.

La agresividad es parte de nosotros, ella es la que nos permite “ir hacia”, hacer cosas, seguir vivos. Así que no nos avergoncemos de ella. Intentemos que sea nuestra aliada y no una enemiga.