Miguel Endrino

lunes, 3 de junio de 2013

Poniendo Límites. I


1ª Parte : El respeto a la propia necesidad.

Un límite es una línea real o imaginaria que separa dos cosas, una frontera, un tope. Así lo podemos definir en lo material (una valla, una frontera, una señal de peligro) y también en el campo emocional y relacional.

El tema de poner límites es más complejo de lo que en inicio parece. “No es tan complicado, solo hay que decir que no o decir basta”. Pues no, no es tan fácil. En el complicado mundo de las relaciones, establecer límites nos confronta con nosotros mismos y con los demás. Si no escuchamos la propia necesidad a veces nos pasamos poniéndolos, o los ponemos muy lejos (con lo cual nos aislamos) o son demasiado rígidos, o no los dejamos claros y con ello provocamos confusión o directamente no los ponemos o….Si nos relacionamos constantemente estamos poniendo, quitando, cambiando y moviendo límites en nosotros mismos y con quien nos relacionamos.

Los primeros límites se nos empiezan a poner en la más tierna infancia cuando se nos dice “no”. Cuando nuestros padres o educadores nos ponen un límite y no nos permiten hacer alguna cosa (aparte de fastidiarnos enormemente) están formando nuestra personalidad. Cuando al niño se le pone un límite se establecen las bases para que entienda que él no es omnipotente, que no lo es todo ni lo puede tener o hacer todo. Al poner un límite al niño, la persona que se lo pone le está diciendo “yo también existo”, es decir, hay más cosas aparte de ti. En la educación de un hijo poner límites puede significar en un acto de amor y cuidado (que la gran mayoría de veces requiere de aplomo, perseverancia y resistencia a los más que probables lamentos o lloros del pequeño) ya que se van asentando las bases para que el niño pueda sostener la frustración. Los límites son una guía donde el niño se sustenta y, con ellos, se le está enseñando a “ver al otro” y a través de ello desarrollar la empatía. Pero este no va a ser un post sobre la importancia de los límites en la infancia, sino que quiere tratar de cómo nos afecta a los adultos.

Antes de poner un límite

En primer lugar poner un límite nos exige un trabajo previo de “darnos cuenta”. Es complicado que digamos basta, digamos no o esto me molesta de una manera que nos haga bien si no hemos tenido en cuenta nuestras propias necesidades; si no sabemos qué es lo que nos perjudica, nos hace daño o nos disgusta o, en el lado contrario; qué es lo que queremos, cómo lo queremos, que nos agrada, qué nos hace bien, qué cosas nos alegran…

En este primer punto ya empiezan a aparecer los problemas. Un gran número de personas llegan a la edad adulta con muy poca atención a sus propias necesidades. Son (somos, me incluyo en este grupo) personas que han asumido por uno u otro motivo que sus necesidades o emociones no son demasiado importantes, personas que dudamos de lo que sentimos o incluso que podemos llegar a pensar que lo que sentimos o necesitamos no es bueno. Estas maneras de hacer son mucho más habituales de lo que en principio podríamos pensar. Es en la infancia, hasta los 8 o 10 años que se fijan estas creencias. Son el resultado actitudes continuadas sobre el niño, que deja una huella dependiendo de la intensidad con la que se den (pueden ir desde actitudes paternas sutiles a comportamientos agresivos y degradantes).

Pondré unos ejemplos: Es difícil que un niño aprenda a valorar y a percibir sus necesidades si ha sido educado en la exigencia y en lo que “debería ser” más que en lo que realmente el niño “es” o necesita.

salto al vacíoTambién es difícil que el niño confíe en lo que siente si ha habido una tendencia a exigirle siempre más y se ha tendido a remarcar los errores y lo mal que hace las cosas, si las expectativas de los padres han sido desmesuradas, si nunca ha recibido un feedback positivo cuando ha hecho bien las cosas, si ha sentido que no se le ha apoyado desarrollará una sensación de duda ante las propias capacidades y tenderá en muchos casos a buscar la confirmación externa más que a fiarse de su propio criterio.

Existen también muchos niños a los cuales se les ha dado a entender (o incluso en algunos casos, se les ha dicho abierta y sistemáticamente) que son tontos, no saben o son incapaces de hacer las cosas bien y/o que lo que sienten carece de valor. En este caso es bastante evidente que duden de sus propias capacidades.

Si estamos en alguno de los anteriores casos; si por el motivo que sea desconfiamos o no sabemos bien lo que queremos, es importante que podamos atrevernos a ir descubriendo qué necesitamos y qué nos hace daño. En el trabajo con terapia siempre considero que la propia persona es el termómetro de lo que necesita. Es importante que la persona tome cierta distancia cuando esté en una situación en la que tenga que poner un límite (distancia física y/o simplemente tomarse algo de tiempo para decidir) y pueda valorar si quiere o no quiere algo, si le gusta o no y, sobre todo que poco a poco se vaya arriesgando a confiar en que lo que siente o necesita está bien, que lo que siente es digno de ser experimentado. Nuestra vida tiene sentido en cuanto la vivimos como nos gusta vivirla, no como a otros les gustaría que fuera.

lunes, 25 de febrero de 2013

Sobre la vulnerabilidad


Vulnerable. (Del lat. vulnerabĭlis).
  1. 1.      adj. Que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente.
Y llega el día en que en una sesión de terapia surge el tema de la vulnerabilidad y cómo nos relacionamos con ella, qué nos despierta, qué significado adquiere para nosotros.

En muchos casos (y casi siempre por parte del sector masculino) la respuesta es una cara de susto o disgusto. E inmediatamente contestamos que nos parece, como poco, desagradable, que nos asusta, que nos disgusta tenerla aunque sea inevitable o, en algunos casos, que no tenemos de eso.

Vulnerabilidad  nos suena a debilidad, fragilidad. Es un estado que inmediatamente nos contacta con el miedo; sobre todo a los que poseemos caracteres controladores u orientados a la acción.

En nuestra sociedad estamos educados en la protección de nuestra individualidad. El mundo es agresivo y hostil, así pues abrirnos emocionalmente a los otros nos enfrenta a la posibilidad de que nos hagan daño y de movernos en un espacio incómodo donde no podemos controlar lo que ocurrirá.

La posibilidad de reconocer qué circunstancias o situaciones nos hacen vulnerables  también nos enfrenta a la idea de fracaso en los que vamos (me incluyo) por la vida de “Juan Palomo”; los de “yo puedo con todo”. En este caso aceptar que somos vulnerables nos enfrenta a que “quizás” necesitemos ayuda de los demás, que no somos tan independientes como nos creemos, tan fuertes o invulnerables como nos gustaría ser.


Es por eso que nos desagrada tanto y es por eso que el contacto y la aceptación de la vulnerabilidad requiere cierta dosis de coraje y voluntad; ya que atenta sobre todo contra nuestra autoimagen, contra lo que “deberíamos ser”. Cada uno de nosotros tiene una imagen bastante clara de lo que “debería ser”. Debemos ser fuertes, autónomos, seguros, independientes, eficaces, inteligentes, serviciales, amables, buenos, capaces, divertidos o confiables a toda costa, siempre y en todo momento. La vulnerabilidad también nos conecta con la posibilidad de que no siempre podemos ser así, que hay momentos de cansancio, de desfallecimiento, de necesitar que nos cuiden.

En resumen; la vulnerabilidad nos enfrenta al miedo a que nos hagan daño, al fracaso y a la posibilidad de que no somos “tan…” como nos creíamos. Pero también nos pone en contacto con la vergüenza y la culpa. Nos sentimos avergonzados por hacer o sentir algo que no “deberíamos” hacer o sentir: “los hombres no lloran”, “qué pensarán si ven que no puedo”, “no está bien sentir tristeza”, “sentir esto que estoy sintiendo no está bien”, “no debería necesitar ayuda”…

Así que es necesaria cierta dosis de valentía y perseverancia para contactar con esa parte tan necesaria. ¿Necesaria para que? Si hasta ahora todo lo escrito parece negativo y doloroso. Básicamente es necesaria porque nos hace darnos cuenta de lo que nos daña y nos pone en contacto con qué es lo que necesito, qué es lo que me hace bien.

El hecho de poder cambiar una situación que nos está haciendo daño conlleva primero aceptar que nos pueden hacer daño para después identificar qué es lo que nos hace daño y desde aquí poder establecer un límite para poder decir que no a una petición, a una situación, a una agresión. Si nos consideramos invulnerables, si no contactamos con nuestros propios límites, con lo que nos hace daño no calibramos el impacto que las interacciones con los demás tienen en nosotros. Es posible que estemos siendo dañados y no nos demos cuenta, es posible que nos dejemos invadir por el otro y nos sintamos molestos por no saber decir que no y no lleguemos a saber qué nos molesta o nos invade. . Nos ayuda a identificar qué nos daña. Si identificamos qué nos daña, por elinación también sabemos que nos hace bien y también nos da la posibilidad de establecer límites de lo que no queremos o nos daña.

Por lo tanto la vulnerabilidad va unida a la autenticidad, a la posibilidad de que establezcamos relaciones más reales, menos teñidas por el miedo. Nos hace más cercanos y accesibles, más humanos. Nos da la posibilidad de experimentar nuevas maneras de relacionarnos, confiando y abriéndonos a los demás. Puede que así incluso nos llevemos la sorpresa de que puede que nos acojan y acompañen. En el peor de los casos, nos daremos cuenta de que somos capaces de sostenernos en el dolor y la tristeza.

Poder mostrarse vulnerable puede ser muy liberador, ya que nos permite soltar nuestras corazas y defensas, que tan pesadas y agotadoras resultan.

A partir de aquí, cuando vemos lo que hay, cuando vemos lo que somos y cómo somos se abre el camino incierto de aceptar cómo somos. De querernos tal y como somos, de sentirnos dignos de ser así. De atrevernos a mostrarnos a los otros tal y como somos; cada vez con menos máscaras; intentando manipular cada vez menos. Confiando en que seremos queridos y aceptados y asumiendo que podemos ser rechazados o no gustar o no ser queridos…. Sin que por ello dejemos de ser dignos de ser quien somos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Qué es eso que siento? Identificando la emoción


Somos seres humanos, somos seres emocionales. En los últimos años se está cambiando la concepción de que ante todo éramos “racionales”, para llegar a una idea totalmente opuesta. Lo racional ocupa alrededor de un 10% de nuestra actividad. El resto son procesos que escapan en gran parte a nuestro control: automatismos, aprendizajes, sensaciones, emociones…

Si tomamos las emociones como procesos bioquímicos, literalmente estamos bañados en emociones. Por nuestro interior circula una sopa emocional constituida por impulsos eléctricos, neurotransmisores, hormonas…. La emoción no es algo que ocurra en ciertos momentos de nuestra vida, algo aislado sin conexión; al contrario, la emoción es un continuo que va variando de forma e intensidad. Siempre, en todo momento existe en nosotros una (o más de una) emoción. Cada acción, sensación o pensamiento tiene asociada una emoción, así que,  por mucho que queramos (o creamos que lo podemos hacer) no podemos sólo pensar o actuar. Nuestra vida es un continuo formado por percepción – sensación – emoción – acción – pensamiento y las relaciones que se producen entre los anteriores. Mirado así, las posibilidades entonces se vuelven infinitas.
De las emociones me gustaría resaltar algunas características:
  • Van vinculadas a toda sensación, acción y pensamiento que tengamos.
  • A través de ellas nos reconocemos nosotros mismos. El hecho de cómo nos vemos, nos relacionamos con nosotros, los adjetivos que nos damos, cómo nos percibimos; llevan inevitablemente asociadas emociones
  •  Son nuestro puente con el mundo, es decir, la emoción es una vivencia totalmente propia e interna que surge en la interacción entre nosotros y el mundo exterior. Valoramos, juzgamos, ansiamos, queremos, tememos, anhelamos el mundo externo a través de nuestras emociones. Transformamos el mundo, interactuamos con él de acuerdo con nuestra estructura emocional
  •  Son energía vital. Forman parte del impulso de “ir hacia”,  de estar en el mundo y de relacionarnos con él.
  •  Nuestra memoria, la acumulación de recuerdos y vivencias que conforman nuestro yo viene marcada por los objetos emocionales, por las situaciones que nos han impactado. Los datos de nuestra memoria tienen un fuerte componente emocional.
Dentro del trabajo psicoterapéutico es de gran importancia la identificación de lo que nos gusta y lo que no nos gusta (como ya comentamos en otro post, una de las maneras de definir la neurosis es el olvido de los propios deseos y necesidades para obedecer los mandatos, necesidades o exigencias externas). En el reino animal es de extrema importancia la identificación de lo nutritivo/toxico, agradable/desagradable para la supervivencia de la especie; así que somos una curiosa especie que es capaz de seguir (sobre)viviendo sin identificar que nos gusta o nos desagrada y seguir obrando en función de lo que nos imponen.

Es una situación de lo más habitual en terapia, que la persona que acude tenga una conciencia “difusa” de sus emociones. Los más emocionales (entre los que me encuentro) tienen la sensación de que sienten muchas cosas, de que hay un torrente emocional interno que guía su vida; “es que yo siento mucho” o “yo no siento nada” suele ser la manera en que lo expresan al principio. Pero en el momento de poner atención, identificar la emoción, ponerle nombre…. Se produce el vacío. En este caso el problema es que la persona se identifica con la emoción, ésta se convierte en un filtro por el que pasan todas las acciones, pero no hay una conciencia de “qué” está realmente sucediendo. Suceden cosas pero no se cuales.

Otros estilos de paciente responden ante la emoción que surge inhibiéndola (sentí algo molesto y no le hice caso), haciendo cualquier tipo de actividad física o intelectual para evitar la molestia que provoca esa emoción, imaginando, haciendo deporte, cocinando, comiendo…. Cualquier cosa para alejarnos de emociones (tristeza, rabia, miedo o alegría) que suponemos nos van a hacer daño o no nos vemos capaces de sostener.

El trabajo terapéutico en la mayoría de los casos (incluido el caso de quien escribe este texto) incluye una especie de “parvulario” emocional, donde la persona hará un pequeño entrenamiento en su día a día de las emociones que se despiertan ante los eventos y situaciones que ocurren en su vida cotidiana: el trabajo, las relaciones con compañeros y jefes, lo que hace en su tiempo libre, qué siente frente actividades con su pareja, sus hijos,….

Para ello, para poderla identificar, es importante poner un poco de distancia con la situación, parar la inercia en la que estamos inmersos, y preguntarnos durante un instante que estoy sintiendo. Para hacerlo más sencillo y no perdernos en la multitud de emociones que pueden surgir es aconsejable limitarlas a las cuatro emociones básicas (alegría, tristeza, miedo y rabia). El descubrir qué emoción nos despierta una situación nos será de gran utilidad. Es importante que podamos identificar las emociones. Identificarlas nos ayudará a vivirlas más plenamente, con más conciencia. Nos abre la posibilidad de descubrir lo que nos gusta y lo que no, identificar lo que consideramos peligroso, o doloroso. Identificar las emociones es el inicio necesario para poder empezar a poner límites, a cuidarnos, a valorarnos.

miércoles, 11 de abril de 2012

Soltando presión

Un gran porcentaje de las enfermedades que padecemos tiene que ver con el estrés. Este estrés del que tanto se habla no es más que la forma de responder a las agresiones de nuestro sistema nervioso, más exactamente del sistema nervioso autónomo, encargado de las funciones no conscientes (tasa cardiaca, dilatación pulmonar, digestion, contracción arterial…)

El sistema nervioso autónomo se divide funcionalmente en sistema simpático y sistema parasimpático. El simpático prepara el cuerpo para actividades que requieren gasto de energía. Es el que se activa en situaciones de estrés. Originalmente va unido a la situaciones más básicas de supervivencia: defensa, ataque, huída y por lo tanto muy unido a las situaciones que producen estrés. El sistema parasimpático por el contrario reduce la activación provocada por el simpático y está relacionado con la acumulación de energía, la recuperación y la regeneración del organismo. Ambos son antagónicos, es decir, no pueden activarse a la vez. Si uno está activado, el otro forzosamente estará desactivado.

En otra época, hace unos pocos miles de años (puede parecer mucho, pero recordemos que los homínidos llevan millones de años en la tierra) la alternancia de estos dos sistemas era perfecta para la supervivencia: aparición del peligro – activación del sistema simpático – ataque/huida – desaparición del peligro – descanso – activación del parasimpático. En la época actual, en la sociedad occidental en la que estamos, los peligros no suelen provenir de animales salvajes o del ataque de una tribu vecina. Hay pocos peligros que realmente pongan en peligro nuestra supervivencia. Los peligros han cambiado de forma y ya no atentan contra nuestra supervivencia pero el estrés que generan las situaciones es continuo y generan una que vivamos en una excitación constante, en un estado de estrés crónico. El estrés ahora no lo provocan los animales salvajes, estamos tan socializados que el peligro aparece casi siempre en nuestras relaciones diarias. Relaciones con los otros y con nosotros mismos.

Horarios apretados, discusiones laborales, trabajos que nos disgustan, poco tiempo para las relaciones sociales y un enorme número de situaciones más que nos suceden en la vida diaria hacen que estemos en un constante estado de estrés. Un estrés del que no nos podemos deshacer con facilidad debido a que los mecanismos para hacer que desaparezca ya no son factibles. La agresión física o el salir corriendo no son maneras de actuar aceptadas en nuestra en nuestra sociedad. Ni tan solo la expresión de cualquier tipo de agresividad está bien visto; con lo cual nos reprimimos la rabia y acumulamos más y más estrés.

Esta situación a la larga produce un debilitamiento de nuestro sistema y produce la aparición de un gran número de enfermedades ya que sometemos a nuestro cuerpo a una enorme tensión y se reduce mucho el tiempo y la capacidad para recuperarnos.

Para poder hacer frente a estas situaciones de desgaste continuo tenemos algunas opciones. La primera, más importante y más costosa consiste en la revisión de nuestra manera de relacionarnos ya que, como he comentado antes, todo el estrés que acumulamos se produce en situaciones de relación. Revisar qué me altera, que me enfada del otro, cómo llevo mi vida personal o familiar, cómo reacciono el trabajo, si estoy a gusto con lo que hago…. Mil y una cosas que nos llevarán a buen seguro tiempo y dedicación.

Por otra parte también podemos ayudar a reducir nuestro nivel de estrés para poder continuar con nuestro día a día con más comodidad. Tenemos que buscar válvulas que nos permitan soltar algo de nuestra agresividad, poder expresar nuestra rabia. Algo tan sencillo como golpear un cojín (a ser posible pensando en la persona con la que estemos enfadados, ya sea el jefe, el vecino, la madre o la pareja) nos descargará momentáneamente de agresividad y nos ayudará a retomar la relación con esa persona de manera más relajada, ya que el exceso de agresividad no bloqueará o deformará lo que queramos expresar.

Cualquier truco que utilicemos es válido: gritar en el coche, golpear objetos con un palo, pegar a cojines o un colchón, patalear… cualquier acción que nos permita expresar nuestra agresividad en un entorno controlado.

La agresividad es parte de nosotros, ella es la que nos permite “ir hacia”, hacer cosas, seguir vivos. Así que no nos avergoncemos de ella. Intentemos que sea nuestra aliada y no una enemiga.

miércoles, 21 de marzo de 2012

¿Y ahora qué?


Toda persona que inicia un proceso terapéutico lo hace llevada por un motivo diferente. Generalmente nos ha costado bastante tomar esa decisión y la hemos ido postponiendo día tras día,  intentando convencernos de diferentes formas de que “no estoy tan mal” o de que “no tengo tiempo” o “si yo hablo con mis amigos y no lo necesito…” Hasta que la sensación de no poder mas, de que algo que nos impide avanzar y no sabemos cómo continuar se manifiesta en toda su magnitud y nos obliga a dar ese paso.

Como la mayoría de terapeutas mi primer contacto con la terapia fue como paciente. Todo comenzó hace veinte años: me despertaba en medio de la noche con la sensación de que me iba a morir en ese mismo instante, aterrado, con la sensación de que el aire no llegaba a mis pulmones. Todo mi ser se esforzaba en respirar, en volver a tomar aire (cosa que ocurría casi inmediatamente, aunque a mi me pareciera una verdadera eternidad). Después de tres o cuatro respiraciones profundas me convencía de que no me iba a morir en ese momento, pero el estado de terror continuaba durante unos minutos. Un poco de agua, una visita al lavabo y, gradualmente, la respiración volvía a la normalidad y el miedo disminuía. Al mismo tiempo la somnolencia volvía a aparecer y me avisaba que eran las tres o las cuatro de la mañana. Volvía a la cama y pensaba: “debe de haber sido un mal sueño”. Y ahí lo dejaba todo.

Y así siguíó todo durante cuatro o cinco años más. Con el tiempo estos episodios nocturnos se fueron haciendo cada vez más frecuentes y yo continuaba intentando redefinirlos y encuadrarlos como algo  “normal” en mi vida diaria, hasta que empezaron a ocurrir de día. Que esa sensación de falta de aire, de ahogo y de muerte inmediata por dicha sensación de asfixia se produjera en pleno día, durante una clase de la que tuve que salir como un cohete, me asustó muchísimo. ¿Qué me estaba pasando?

Lo consulté con una persona de confianza y me respondió: “eso es un ataque de pánico” y me facilitó el teléfono de un terapeuta Gestalt.

Y allí me presenté. Casi esperando que con aquella visita (el equivalente según mi forma de verlo entonces a una imposición de manos divina) se solucionara mi problema. Albergaba la esperanza de que me dieran la solución mágica para parar aquello, o una serie de ejercicios o que me explicaran de donde procedía aquella angustia para yo, racionalmente, poder solucionar el problema. Buscaba la solución rápida y sin esfuerzos que me permitiera seguir con mi vida tal como la conocía hasta entonces, sin que tuviera que cambiar nada.
¿Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que no había curas milagrosas, y que tampoco me iban a reparar como a una máquina?. Y además me dicen que soy yo el que tendrá que hacer ciertos cambios en mi vida, en mi forma de estar en ella. ¿Cambiar? Pero si yo era un tío cojonudo, no tenía nada que cambiar. Todo iba bien, mi vida iba bien, no tenía ningún problema, todo marchaba de fábula. Solo había alguna que otra cosilla casi sin importancia, como que estaba en un trabajo que me aburría y al que no veía futuro o que mi vida de pareja se había acabado y me encontraba bastante desorientado o que el deporte al que había dedicado tantos años y esfuerzo ya no me decía nada. En resumen: mi vida era un auténtico caos. Pero yo seguía diciéndome que todo estaba bien…

De eso ya hace más de quince años y estoy convencido sin ninguna duda que si para alguien tan “rígido” como yo, con tanta dificultad para mirar hacia adentro, la terapia Gestalt le ha sido de gran ayuda, puede serlo para muchísima gente.

martes, 28 de febrero de 2012

Aceptando lo que somos


Esta es la tercera y (y última, por ahora) publicación sobre aspectos básicos de la teoría de la Terapia Gestalt. Esta vez explicaré brevemente cómo trabajamos e intruciré un elemento que nos diferencia de la mayoría de psicoterapias y en especial de la psicología clínica: la actitud que mantiene el terapeuta. Como siempre, espero que os guste.

A grandes rasgos la manera de trabajar sería la siguiente:
-Contactar con el “aquí y ahora”. Darnos cuenta de qué hacemos, sentimos y pensamos en relación a las situaciones que nos producen sufrimiento. Parece algo de lo más sencillo y sin embargo muchas veces no lo es. En muchas ocasiones nos cuesta asumir que estamos enfadados con alguien o creemos que haciendo o sintiendo algo vamos a romper nuestro autoconcepto. Es en esas situaciones que surge ese pensamiento de “yo no soy así”.

Trabajar con las partes “escondidas” de nuestra personalidad. Con esa “sombra” que nos empeñamos en ocultarnos a nosotros y a los demás y que sin embargo forma parte intrínseca de nosotros mismos, y que en ella misma esconde el potencial para un desarrollo total de la persona. Más allá de lo que nos gustaría ser, de lo creemos que tendríamos que ser y de lo que los otros esperan que seamos, nosotros somos lo que somos. La función de la terapia Gestalt es ayudar a desarrollar el potencial de cada uno, sacando a la luz el tesoro de la individualidad que llevamos dentro.

Hay una confianza implícita en la capacidad de la persona de que conforme vaya tomando cada vez más contacto con lo que hace, con lo que le gusta, con lo que siente y con lo que piensa, habrá una mayor libertad para elegir con conciencia. Una mayor posibilidad de cambio al abrirse ante él un mayor abanico de posibilidades. Y por último, una elección responsable: de todas las cosas que puedo hacer aquí y ahora, elijo hacer ésta.

La actitud del terapeuta

En la terapia Gestalt existe una actitud más de respeto por la enfermedad de la persona que un intento de efectuar cambios. El cliente no necesita otra persona más que le diga lo que tiene que hacer.  El terapeuta acepta a la persona tal como es. Esta forma de trabajar sería el llamado “acompañamiento” terapéutico

El terapeuta se centra para ello en estar presente en el aquí y ahora, con una actitud de apertura y aceptación de lo que surja. Podemos decir que pone las condiciones necesarias para que el cliente pueda poner en marcha y experimentar su “darse cuenta”.

¿Qué es el darse cuenta? Es una forma de vivenciar. Es el proceso de prestar atención, estando en contacto con la situación o necesidad más importante que surja en el momento actual e igual de importante, qué sentimos, que reacción nos despierta y cómo hacemos frente a esa necesidad  o situación.

 Desde la terapia Gestalt se cree firmemente que la relación por sí misma es curativa. El terapeuta ofrece confianza, respeto y aceptación. Es la propia persona, que sintiéndose aceptada y respetada, podrá  empezar desde el primer momento a recuperar su propio respeto y aceptación  y, desde ahí, empezar a realizar cambios en su manera de relacionarse.

martes, 14 de febrero de 2012

¡Yo no soy neurótico!


El concepto de enfermedad y la neurosis, la visión gestáltica.
Todas las teorías que tratan de la salud y la enfermedad tienen su propia definición sobre ellas.

Para Fritz Perls -creador del método gestáltico-  la enfermedad mental era la consecuencia directa de un alto grado de neurosis ¿Neurosis? ¿Qué es eso? Primero decir que en mayor o menor medida  todos somos neuróticos. Todos somos individuos que se desarrollan en una sociedad, para nosotros son de gran importancia las relaciones, y sin ellas, seguramente no sobreviviríamos. Es en este plano donde aparece la neurosis, en la frontera de contacto entre nosotros mismos y los demás, cuando se produce un conflicto aparentemente irresoluble entre la necesidad real que percibimos en nosotros mismos y lo que creemos que nos demanda el entorno.

Un ejemplo sencillo para ilustrar lo anterior:

Víctor es un enamorado de la música coral. Después de meses de ensayos finalmente va a realizar su primer recital. El auditorio está lleno, familia y amigos han venido a verlo. Todo está listo para el gran estreno. Por fin el ansiado día ha llegado. De inicio todo va perfecto: el sonido, la compenetración de los cantantes… Pero a Víctor con las prisas se le ha olvidado ir al lavabo antes de la actuación. Al principio es sólo una molestia sin importancia, pero con el paso del tiempo la urgencia es cada vez mayor. Víctor se siente en una disyuntiva: salir disimuladamente del coro e ir al lavabo… seguramente le verán abandonar el escenario y pasará una enorme vergüenza frente al público, frente a sus amigos y familiares o por el contrario quedarse y llegar hasta el intermedio, sufriendo un cada vez más evidente baile. Víctor quiere ir al lavabo pero no se decide; finalmente decide quedarse en el escenario. El resultado es que algo que inicialmente iba a ser una bonita velada se convierte en una tortura. No hay satisfacción y tampoco se puede concentrar en cantar. Víctor siente que su actuación es bastante mala pero no sabe cómo puede resolver esa situación.

Este ejemplo muy sencillo nos serviría como una de las posibles definiciones del concepto de neurosis. En este caso la persona ha dado prioridad a la convención social –quedar bien en este caso- frente a una necesidad real propia. Esta situación puede resultar hasta cierto punto banal, pero si la extrapolamos a decisiones más importantes en las que se vean incluidas pareja, familia, hijos, salud, trabajo o amigos, puede llevarnos a graves desequilibrios.

Si escuchamos a nuestro juez interior y sus”deberías” y nos negamos a escuchar nuestras necesidades reales, perpeturaremos un estado de insatisfacción continua, ya que todos nuestros actos estarán encaminados a aplacar una exigencia que poco o nada tiene que ver con la necesidad original  . La terapia Gestalt funciona como una manera de que se han ido formando a lo largo de nuestra vida. El trabajo consiste en ir poco a poco revisando esas actitudes o formas de comportarnos en el día a día. Vivenciar de qué manera respondemos ante las demandas externas: ¿Hacemos realmente lo que queremos hacer o por el contrario nos dejamos llevar por lo que nos dicen los otros?, ¿o por lo que creemos que quieren los otros? y con el tiempo vamos acumulando más y más frustración, cada vez más metidos en una vida que no nos gusta, con la sensación de que el tiempo se acaba…